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Hasta la próxima primavera de 2010, el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York rendirá un especial homenaje al genial director Tim Burton con una enorme y fascinante retrospectiva de su obra cinematográfica y literaria.


Las terroríficas fauces de un gran monstruo, propio de la mitología del director, nos sumergen y consiguen que nos evadamos en el maravilloso universo de este mago del cine que es Tim Burton. De este modo, entramos en la atractiva exposición, titulada sencillamente Tim Burton - dado que no necesita mayor presentación- donde se reúnen más de 700 dibujos, fotografías, storyboards, muñecos y artefactos, muchos de ellos sacados de estudios y colecciones privadas de sus colaboradores. Además de la proyección de toda su filmografía, la muestra incluye también material de proyectos nunca trasladados a la pantalla, pósters de sus películas de todo el mundo y creaciones como su colección de figuras. 

La cronología de este viaje de fantasía por el imaginario de Burton arranca concretamente en 1971, cuando siendo  adolescente filmó La Isla del Dr. Agor y Houdini, sus dos primeros cortometrajes con un grupo de amigos en el jardín trasero. Tiempo después  trabajaría varios años en la factoría Disney, al darse la casualidad de que nació y creció en la misma ciudad donde Walt Disney erigió la sede de su empresa de animación. Una vez acabó su vinculación con la compañía comenzaría a pincelar su gran universo creativo reflejado en sus 12 obras maestras entre las que destacan Eduardo Manostijeras, Big Fish o Sweeney Todd.


Tal es la trascendencia y magnitud de esta seductora exhibición que se han reservado cuatro plantas del MoMA  para realizar la mayor retrospectiva que este museo ha dedicado jamás a un cineasta en su historia. Por ello, cuando se lo propusieron al director de cine, Burton pensó que se trataba de "una elaborada broma". Sin embargo, cuando comprobó que no lo era, no dudo en abrir sus cajones para desempolvar todo el material amontonado a lo largo de sus cerca de treinta años de carrera. Como reconoció a la prensa hay gran parte de este que ni siquiera él recordaba por lo que mucho de lo que podrá encontrarse en el museo es totalmente inédito. Ron Magliozzi, uno de los comisarios de la muestra destacó: “No hay otro cineasta vivo con la reputación y el nivel de logros de Tim Burton cuya obra completa haya estado tan escondida de la vista pública, y ver tanto material previamente inaccesible en el contexto de un museo debería impulsar una renovada comprensión y una nueva apreciación de este admirado artista”.

Este regalo único para los numerosos incondicionales del original director permanecerá en el MoMa hasta el 26 de abril del 2010, y sirve para ir abriendo boca hasta el estreno de su próxima película, una revisión de Alicia en el País de las Maravillas.


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Este mundo no está hecho para los disidentes, es decir, para aquellos trasgresores que quieren ir contra corriente ofreciendo su  propia opinión única y personal a aquellos que tengan a bien leerla o escucharla. Desde luego, que no. En la actualidad eso no es posible porque siempre se impone la masa sobre los valores individuales. Se busca la creación de un pensamiento único y homogéneo, eliminando y debilitando así las voces discordantes. Casi siempre prevalece el consenso sobre los rasgos esenciales del orden social y aquellos que luchan por los ideales individuales se les hace creer que están solos y se intenta, por todos los medios, hacerles volver al “redil”, o por el contrario sufrirá la dura exclusión social.

Qué importa que absolutamente todas las constituciones y declaraciones de derechos universales reconozcan como derechos fundamentales el de la libertad de expresión de opiniones, ideas, creencias… Eso da lo mismo porque si quieres exponer tu propio pensamiento ante los demás serás censurado o cuanto menos criticado, especialmente si opinas en contra de su posición.

A esto debemos añadir que como sostiene Asunción Bernárdez Rodal en La publicidad como contrato comunicativo, “los juicios estéticos tienen una particularidad: la relación axiológicos  entre el gusto y el disgusto no son simétricas”. Es decir,  quien dice “esto no me gusta” aparece como “cargado de razón”, más legitimado que el que dice “me gusta”. De otro modo, el que admira algo coloca a ese algo en un estadio superior, mientras que el que lo desprecia, lo sitúa en un orden inferior. Por lo tanto, cuando dos personas disienten en cuanto al criterio estético frente a un objeto, la que desprecia se sitúa en un nivel superior. Esto también podría trasladarse a la concepción de que si la masa o “rebaño desconcertado”, que decía Chomsky, tiene una opinión determinada, al ser la de la mayoría esta es la cobra “el peso de la razón” frente a la de los individuales.

Entonces,¿Para qué buscarnos problemas? Mejor guardemos nuestros pensamientos para nosotros mismos. Autocensurémosnos porque en esta sociedad no hay cabida para el diálogo, para la confrontación de opiniones. Por supuesto que no porque el debate se confunde con el combate, y la exposición de nuestras ideas se interpretará como ataques personales contra aquel que difiere de nosotros.


Solamente hay lugar para el consenso. Por lo tanto, si la mayoría cree que esa película o ese libro es maravilloso, deberá serlo; si considera que este presidente del gobierno es el más indicado, pues lo será; si todos piensan que debemos tirarnos por un puente, pues tirémonos. No seré yo quién exprese que a mi la película me aburrió, o que a mí personalmente me gustaba ese otro presidente. No lo diré porque es más fácil callar y asentir. Uno se busca menos complicaciones así. Si a tu grupo de amigos le gusta llevar el pelo azul, tíñetelo tú también aunque no te siente del todo bien. Si la gente se va de vacaciones a la playa, da igual que tú prefieras ir a la montaña. Ante todo tenemos que estar integrados en el grupo, en la sociedad, cumpla o no tus expectativas.

Lo siento mucho sociedad pero yo no puedo, ni he podido nunca actuar de ese modo. Yo diré lo que ronda por mi mente guste o no. Eso sí, siempre con justificación y pleno conocimiento de aquello que critico (positiva o negativamente), porque solo así podré sustentar mis afirmaciones.  Y es que la opinión requiere también una responsabilidad. No es hablar por hablar, ni fruto de un impulso o emoción. No, es algo más trascendente que requiere ciertas dosis de valor, sobre todo cuando, a la vista está, no se puede hacer hoy en día en plena libertad.  Por eso, me encantaría que tú que me lees te sintieras libre, que pensaras por ti mismo y me dijeras qué crees con total y completa libertad. No seré yo quien te censure. Pero, ¿me censurarás tú a mí?
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Desde el inicio de los tiempos, la sociedad ha recurrido a los cuentos para tratar de inculcar los valores y principios fundamentales de la cultura en los niños.  Sin embargo,  la perspectiva desde de la que se explican estas historias está plagada de contenidos sexistas. De este modo, se ha difundido a un público indefenso como son los niños, y de generación en generación,  mensajes de carácter ético y moral que han provocado daños probablemente irreparables, especialmente, en lo que se refiere al rol femenino en nuestra sociedad. El problema es que en la actualidad algunos de los nuevos discursos literarios que más triunfan entre los adolescentes, pero también entre los niños, lejos de subsanar estos conflictos vienen a reproducirlos e incluso a reforzarlos aún más. Tal es el caso del fenómeno literario-cinematográfico Crepúsculo.


Sylvia Puentes de Oyenard en su libro “De Cenicienta a la Moza Tejedora: la mujer en los cuentos infantiles” analiza diferentes cuentos clásicos de la literatura infantil como son los de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm o Charles Perrault, con figuras femeninas como protagonistas llegando a la conclusión de que pese a los diferentes destinos, siempre se muestra el mandato de que la mujer debe ser virtuosa, moral, sumisa y vivir para hacer el bien.


En esta misma línea, Eugenia Tarzibachi habla, en su artículo “Con ese cuento a otra parte”, del éxito de los cuentos de princesas entre las niñas de todas las épocas, incluida en la actual, como demuestra “el rosa chicle que vemos en los escaparates de las jugueterías o en locales de ropa para niñas generalmente se acompaña de la imagen de las princesas (en versión Disney)”. Ella considera que a través de las narraciones tradicionales sobre princesas se nos señalan unos patrones de conducta femenina recurrentes: Las protagonistas de las historias son bellas, dulces, dóciles y dependientes; un rasgo de pasividad funciona como hilo conductor que enlaza estos relatos. Además de los rasgos mencionados, “se reitera la idea de la recepción del beso, el casamiento y su asociación con la imagen idealizada, permanente y aconflictiva, de la felicidad”.


En estas historias existen dos tipos de mujeres diferenciadas: unas son jóvenes bellas en posición de ser-para-otro (esto es, se definen por ser esposa, criada, hija…Nunca por ellas mismas); y las otras son mujeres feas, malvadas y crueles pero que también se encuentran en dependencia de un hombre o de la aprobación de la mirada del otro (Eugenia Tarzibachi pone como ejemplo, la metáfora de la pregunta al espejo de la madrastra de Blancanieves).


Pero, ¿por qué siempre tienen que ser guapas las princesas? ¿Se hace una criba de “mujeres imperfectas” no aptas para ser princesas? ¿O es que en la sangre azul hay algún tipo de componente genético que hace que siempre salgan bellísimas?  ¿Y por qué son tan cobardes y poco independientes que tienen que esperar a que venga el príncipe de turno a que las salve? Y esa es otra, ¿Por qué siempre están en apuros y necesitan ser salvadas de brujas, dragones, ogros, madrastras, etc.?


Precisamente, Eugenia Tarzibachi destaca este hecho: “Además de la pasividad, la dependencia femenina se escurre en las diferentes historias. Mujeres desgraciadas que son tuteladas (por sus padres ¡y hasta por los enanitos!) o que necesitan ser protegidas, rescatadas por los hombres. En estas narrativas pareciera que la exogamia se logra para las mujeres mediante el amor romántico y la institución familiar”. Pareciera que la mujer sin amparo masculino no podría sobrevivir, por ello: “antes casada, aunque sea con una bestia, que quedarme solterona”, menos mal  que como premio por fijarse en la belleza interior, (¡¡Tachán!!), la bestia o la rana se convierten, como no, en príncipe... (Menudo refuerzo positivo).


Cabría pensar que en el pleno siglo XXI, se ha producido un gran cambio en el ámbito de los principios morales y éticos. Pero si analizamos nuestro modelo de pensar veremos que aún no hemos superado esta barrera. Es más, aún hoy en día sigue imperando el mismo discurso que veíamos en los cuentos infantiles en novelas actuales como el boom de la saga para adolescentes Crepúsculo. 



Los fans de esta tetralogía, llevada también al cine (incrementando consecuentemente su éxito), o inclusive, los medios de comunicación divulgan la idea de que estos libros reflejan una gran historia de amor entre una adolescente y un vampiro. Sin embargo, si profundizamos más en la novela, nos damos cuenta de que el mensaje esencial que transmite se encuentra en directa relación con los valores negativos, y ciertamente machistas, que difundían las narraciones tradicionales que comentábamos.


La protagonista de Crepúsculo, Bella Swan, es una adolescente de 16 años flacucha, vulgar, introvertida, tranquila y dócil. Bella, presenta tan alarmante falta de autoestima y se quiere tan poco así misma, que está obsesionada con que “es tan poca cosa” que no se explica cómo un “adonis” como el vampiro de sus deseos, Edward Cullen, se enamore de ella.


Otro aspecto que comparte con los cuentos de princesas es que se encuentra en situación de total dependencia masculina. Muestra de ello es que vive por y para su enamorado, hasta el punto de que si él la abandona, no tiene reparos en tratar de suicidarse.  Tampoco le importaría tener que marcharse sin despedirse de su familia, amigos, en definitiva, abandonar toda su vida para poder pasar la eternidad bajo la protección de su amado, incluso cuando ello implique la conversión vampírica. Y por supuesto, como buena princesa, constantemente necesita ser salvada de las situaciones más peligrosas. Y si su vampiro no puede socorrerla… ¡no hay problema! porque allí está su mejor amigo el hombre lobo o su padre para ayudarla.  


Con este mensaje que se sigue transmitiendo a la humanidad, ¿podremos las mujeres ir a “otra parte”, como expone Eugenia Tarzibachi? ¿Podremos superar estas concepciones patriarcales y lograr una verdadera igualdad de sexos? ¿O estamos condenadas a perpetuar los mismos patrones sociales?